La ingratitud del humillado

Nada parece molestar más al caritativo que ofrece su ayuda a un desfavorecido que no ver en la persona signo de gratitud. ¡Encima de que le ayudo, cuando no tendría por qué, ni siquiera me da las gracias de manera verbal o con algún gesto o comportamiento! Entonces, traspasando toda la solidaridad de que se hizo gala, vienen aluviones de argumentos que justifican la vuelta de la tortilla. ¡Es un desagradecido, no tenía que haberme molestado en ayudarle! Descubrí hace poco, leyendo un librillo infantil con mi hijo, un cuento tradicional sobre una gallina que ponía huevos de oro y fue regalada a una pareja pobre por un genio. Los geniecillos, duendes, trasgos, etc, ya sabemos, se dedican a hacen pequeñas travesuras y maldades, sin demasiada trascendencia, más allá de molestar a los que deben sufrirlas. Pero no parece que es el caso de esta versión, en la que el hombrecillo se propone demostrar que la pobreza y mala suerte de la pareja, y del pueblo entero, se debe a su mediocridad o escasa talla moral. ¿Acaso no sugiere que su desdicha es merecida? La otra faz del cuento vendría a completarla otro cuento cualquiera, de los que se hallarán diversos ejemplos, en los que los miembros de las familias reales o aristócratas están dotados, sin saberlo, sin esperarlo, sin buscarlo ni vanagloriarse de ello, de belleza, bondad, humildad y mucha riqueza. Así que resulta que los cuentos tradicionales nos dan una imagen de merecida pobreza para el desfavorecido y de merecida riqueza para el afortunado, merced a una talla moral que parece ir por adelantado y funcionar de elemento causal de la suerte de ambas clases. Cuando en realidad es justamente lo contrario... Habitualmente el abatido desconfía de quien le ofrece ayuda pues está acostumbrado a vejaciones y humillaciones. Suele pensar que algo le pedirán a cambio o alguna contrapartida se avecina, de manera que no corre a ofrecer su gratitud, a menos que sea una persona confiada y ya haya sido objeto de los buenos sentimientos de otras personas de manera continuada. A menos que haya disfrutado del banquete del dar y recibir, para lo cual debe estar en una posición algo ventajosa, al menos circunstancialmente o en alguna faceta en particular. Pero aquel que no tiene ninguna posibilidad de levantarse de su nimiedad social o cambiar de posición poco o nada espera. Recibe la ayuda con algo de abulia, suele protegerse en una actitud fría, defensiva, y puede dar la sensación de ser a él o ella quien debe ser gratificado. Mas la realidad es justamente la contraria. Necesitamos entonces personas capaces de ofrecer su ayuda a los que la necesitan sin esperar recibir gratitud a cambio, tan sólo una sensación de haber hecho lo justo. ¿Existen personas como estas? Se dirá que si actuamos con emocionalidad por bandera, es inevitable esperar una cierta gratitud o reconocimiento por nuestro comportamiento por parte del otro. Si actuamos por el mero deber, entonces todo se reduce a una satisfacción personal que se queda en el sujeto, por haber hecho lo que debía. Tal vez la solución sea actuar desde la compasión, movido por el deseo de aliviar el sufrimiento ajeno y con un conocimiento suficiente de los hechos del mundo que han llevado a su desgracia. Y repito la pregunta, ¿existen personas capaces de esto? En cualquier caso, me parece muy perjudicial, mucho más de lo que parece en un primer momento, retirar la ayuda a alguien cuando crees que la ha traicionado, pues estaríamos bien actuando por el mero deseo de reconocimiento, bien presuponiendo que la otra persona tenía alguna opción de darse cuenta de su mejora y volcar su agradecimiento hacia la persona que se la ha propocionado y que no hacerlo significaría ser un mal individuo, pues es de bien nacidos ser agradecidos. Si miramos todo aquello que hizo que la persona sea desfavorecida, las vejaciones, humillaciones, crueldades, faltas de compromiso, omisiones, desigualdades, negligencias, falta de oportunidades, pobreza, hambre, violencia, etc, de que fue víctima probablemente durante la infancia, adolescencia, juventud y hasta donde llegue, y el número y frecuencia en que estas situaciones se le repitieron, como mínimo entenderíamos que con una sola vez que le suceda lo contrario no va a ser suficiente para hacerle sentir afortunado y tan lleno de gracia como para necesitar agradecer nada a nadie. Y para definir un poco mejor a este humillado y a este caritativo que espera gratitud abstractos que vengo pintando, baste un algo de su imaginación y un algo de su benevolencia. A mí se me vienen a la cabeza muchos individuos que encajarían en esta doble definición, incluyendo a los ricos y a los pobres de este mundo. De manera que lo que yo haría es mandar a la mierda los huevos de oro.

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