Misoginia en el aula
Misoginia en el aula o cómo no acabar atropellada por feminista en un aula de adolescentes
En ocasiones el alumnado formula preguntas desde la curiosidad dirigidos a los adultos que con ellos compartimos las aulas. Se hacen eco de ideas y argumentos traídos de las redes, los partidos, la televisión, casposos y retrógrados en muchos casos, pero vibrantes y desafiantes en otros. No sé si habré olvidados los mejores, pero desde luego, no he olvidado los que más me llamaron la atención. Por burdos o simplones no reproduciré muchos de los que salen directamente de los discursos de la extrema derecha (desgraciadamente una mayoría) porque a buen seguro estamos hartos de escucharlos en las tertulias de bar a gritos y sin resolución. Sí en cambio aquellos que me han hecho pensar más allá de cinco segundos, aunque no me hayan librado del desagrado de tener que planteármelos racionalmente.
Uno tiene que ver con las pruebas físicas parte de los procesos de selección para las personas candidatas a ocupar un puesto de bombero o bombera, que muestran unas diferencias llamativas entre sí.
Otro con la sugerencia de subir la edad de jubilación a las mujeres para hacerla acorde a su mayor esperanza de vida.
El primer caso, en un primer momento pide una respuesta rápida y clara: las pruebas físicas deben ser diferentes, puesto que somos biológicamente diferentes y nuestras capacidades físicas también. Así es en atletismo, o en los juegos de equipo, por ejemplo. Está perfectamente justificado que a las mujeres se les pida correr menor distancia o en menos tiempo, levantar menos peso, etc. Pero el asunto va más allá de esta evidente realidad. Los umbrales para los hombres están muy elevados y muy pocos son capaces de superarlos. En cambio, parece que la exigencia en el caso de las mujeres es menor. Y me preguntan, con razón ¿cómo entonces van a recibir el mismo salario?
Lo primero que deberíamos preguntarnos es si un bombero hombre será capaz de mantener a lo largo de toda su carrera profesional el nivel físico que demostró en el momento de superación de las pruebas, o si sus capacidades físicas irán disminuyendo y no por ello habrá de abandonar el cuerpo, de lo cual se inferiría que las pruebas físicas son más un filtro de descarte que una necesidad indiscriminada para el puesto de trabajo.
Lo segundo, si las tareas propias de un bombero justifican que todos ellos deban pasar dichas pruebas físicas de tan exigente nivel o podrían diversificarse en función de las diversas tareas que vayan a realizar, para dar cabida a más diversidad de personas y no sólo a aquellas con un rendimiento físico por encima de lo estándar.
Lo tercero, si a las mujeres se les facilitan las pruebas como medida de incentivar su entrada al cuerpo, porque de lo contrario no lo intentarían y no sería posible satisfacer una mayor demanda social de paridad en los trabajos tradicionalmente desempeñados por hombres.
Lo cuarto, dado que las pruebas femeninas no están pensadas para que estas puedan realizar las mismas tareas que los hombres, ni siquiera teniendo como referencia las marcas femeninas tomadas del deporte de alto nivel, si no será esta una manera de justificar las diferencias salariales y de valoración social, en detrimento en ambos casos del trabajo realizado por las mujeres en una clara desventaja comparativa con los hombres.
Después de darle unas vueltas, he llegado a las conclusiones de que sólo unas pruebas físicas diversificadas en función de las tareas que se vayan a realizar una vez superadas y en el desempeño del puesto y que mantengan unas diferencias proporcionadas a los datos de rendimiento físico al más alto nivel disponibles para hombre y mujeres y también para las diferentes edades y etapas de la vida podrían despejar la duda sobre la competencia de las mujeres para realizar trabajos tradicionalmente ocupados por hombres en los que la fuerza física sea un factor determinante y en los que el valor de referencia sigue siendo androcéntrico (centrado en los datos obtenidos por los hombres). Por ende, si no se cuestionase la competencia de las mujeres para este tipo de trabajos, holgaría justificar sus iguales salarios. Todo esto no sería óbice para que aquellas personas que por sus excepcionales y circunstanciales cualidades físicas estuvieran sometidas a trabajos más penosos o peligrosos recibieran por ello un mayor aporte salarial que lo compensase. Si coincidiese que todas ellas fuesen hombres, tendríamos que reconocer que estaríamos ante una profesión que requiere musculatura. Vista la profesión desde el ángulo global de una sociedad que fuese racional, a nadie se le ocurriría pensar que estas profesiones puedan suponer el criterio general para una mayoría de los trabajos o los más importantes, sino más bien la excepción o los de carácter residual, toda vez que nos encaminamos hacia un mercado de trabajo mecanizado y que el uso de máquinas especializadas es la manera en que progresivamente se ha exonerado al ser humano de la penosidad del trabajo manual. Y, por supuesto, sería insolidario reclamar mayor reconocimiento para este tipo de puestos, ya que, en una sociedad racional, insisto, nos habríamos liberado del mito de los superhéroes con supercapacidades físicas como salvadores de la humanidad. Además, a nadie se le ocurriría desmerecer otros trabajos que requieren en su lugar inteligencia, ingenio, entusiasmo, vocación, delicadeza y cuidado y que tradicionalmente vienen siendo desempeñados por mujeres. Y en lo que respecta a la diferente valoración social de los trabajos tradicionalmente ocupados por hombres y mujeres, lo racional sería asignarles más o menos valor en función de su mayor o menor contribución a la reproducción, creación y mantenimiento de una sociedad sana y con garantías de supervivencia digna, colocando de esta manera la crianza y los cuidados bien llevados en lo más alto de la pirámide de la valoración social. Por otra parte, los salarios se establecerían en función de las necesidades de las personas, de su contribución al bien común, del grado de satisfacción de las necesidades de los demás a los que benefician y otras consideraciones semejantes, en las que, como se puede imaginar, la fuerza física no sería el factor determinante. Esto sólo sucede en aquellas organizaciones que caen dentro de la categoría de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y afines, que, como ya se ha teorizado desde el siglo XIX, necesita cuerpos profesionales especializados en el uso de la fuerza para la coacción ciudadana en el uso legítimo de la violencia dentro del Estado.
En cuento a la segunda frase, estamos ante un caso de misoginia, en el que cualquier aspecto que “parezca” una ventaja de la mujer frente al hombre se señala como una prueba (falsa) para denunciar la discriminación del hombre ante ella. Pero, efectivamente, es una falsa prueba porque oculta la real situación de desventaja de la mujer frente al hombre, se mire por donde se mire y en prácticamente todos los aspectos de la vida. Si nos centramos en las diferencias entre los sexos emanadas de la biología, la mayor esperanza de vida es sólo un elemento más al que habría que sumar otros, como por ejemplo: las enfermedades que sólo afectan a mujeres, derivadas del aparato reproductor femenino y del sistema endrocrino, que están peor estudiadas, de las que se conoce mucho menos cómo aliviarlas, y que tardan muchos más años en diagnosticarse, además de que sólo recientemente se empiezan a considerar razones justificadas en incidentes laborales como el absentismo. También el embarazo, el parto, la lactancia, y su impacto en la vida de las mujeres, además de la violencia obstétrica, nos afectan negativamente y llenan nuestra vida de riesgos a lo largo del tiempo. Si incluimos las desigualdades sociales y culturales tenemos que hablar de que ser mujer es la causa exclusiva de tener un elevadísimo porcentaje de probabilidades de sufrir violencia por parte de los hombres, violencia de todo tipo, incluida la sexual; también es una causa que aumenta las posibilidades de tener un trabajo precario, de no llegar a fin de mes o de caer en la exclusión social. Y el listado de desigualdades, opresiones y discriminaciones negativas históricas podrían alargarse, y no se trata de eso aquí, sino de dar una respuesta a ese comentario misógino.
Entiendo que para cargar con una mayor responsabilidad a las mujeres en su aportación al sistema de pensiones, por una supuesta ventaja biológica, también tendríamos que tener en cuenta en el cálculo las desventajas biológicas y de otra índole, si no queremos ser tan arbitrarios como para decir, por ejemplo, que el hombre, por ser más fuerte y poder optar a puestos de trabajo donde la fuerza es un factor determinante, debería también hacer algún aporte extra que compense tal ventaja frente a las mujeres. (Tal desventaja ya la sufrimos en forma de nuestro sufrimiento como víctimas en la mayoría de los actos de violencia en el seno de las relaciones sentimentales, por poner un caso) Pero un sistema de pensiones no se mantiene a flote merced a este tipo de “impuestos” arbitrarios por sexo, o por la razón que sea.
La mejor respuesta podría ser que la mujer nunca se jubila, puesto que se mantiene hasta su muerte como principal responsable de las tareas domésticas y de cuidados, es decir, de la vida reproductiva, sostenedoras de la vida productiva y sin remuneración, cotización ni reconocimiento social y, lo que es peor, sin descanso ni relevo posible, sino es en los batallones de niñas que vienen a suplir a sus madres y abuelas.
Tal vez aún no se ha estudiado con suficiente interés por qué la fuerza física es deseada y valorada en nuestro sistema productivo, especialmente en los trabajos relacionados con la técnica, la mecánica, la industria, etc, cuando el desarrollo de la maquinaria podría hacerlos menos gravosos y aptos para todo tipo de capacidades físicas. Ni por qué las mujeres y nuestros cuerpos siguen siendo utilizados como mercancía en un sistema de intercambios de conformismo moral con la explotación y la alienación, de obediencia a la patronal y de sumisión a la casta política y sus desvergonzadas mentiras por parte de la fuerza de trabajo masculina a cambio de favores sexuales femeninos, sean pagados o no.
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